El tipo está convencido de que el rock siempre resurge en momentos de crisis, como ahora, y se dice feliz de “aguantar el kiosco” mientras vuelven los días buenos.

Federico “Dinamita” Pereda tiene 32 años, una década en esa difusa olla de grillos que llamamos rock nacional y más escenarios encima de los que pueda recordar.

Con su banda, la Swing Factory, se hizo de un lugar en el ambiente, a fuerza de rock and roll vintage con mentalidad de vanguardia. Con su guitarra, e incluso sin ella, jugó en canchas que quizá no hubiera imaginado: desde compartir un cumpleaños con Mick Jagger a participar, junto a Hugo Fattoruso, Fito Páez, Jorge Drexler, Gustavo Cordera y una multitud de músicos carboneros, de la inauguración del estadio Campeón del Siglo.

Dinamita Pereda dice que el rock es cíclico y que siempre termina por volver y, con vocación de evangelizador, cree que su llegada está cerca. Está seguro. Por eso, dice, trata de hacer la vida del rock, sin reglas ni condiciones. Al fin y al cabo, eso es lo que enseñaron los padres fundadores: si solo es rock and roll y te gusta, prendele cartucho. O algo así. Por ahí va la cosa.

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¿Qué edad tenés?

32 años.

Es una buena edad para ser una estrella de rock en cualquier parte del mundo, si el rock fuese una cosa verdadera…

Sí. Yo soy bastante investigador del rock, de las formas de vida, los boliches, de cómo se grababan los discos, de cómo era la industria de la música en su momento. Me gusta investigar para comparar, para saber cómo funcionaban las cosas antes, porque cíclicamente todo vuelve. De hecho, cuando se inició la industria de la música los artistas grababan un simple y, hoy por hoy, con el formato actual, todos están apostando a un video, a un tema solo. El formato álbum, para mí, sigue teniendo tremenda vigencia, y seguramente para miles de artistas también. Pero volvió a tener importancia el publicar una canción sola, enfocar todo en un tema y ver qué pasa.

¿Pero no hay un envejecimiento de los artistas? Antes, los pibes de 20 años tenían por ídolos a tipos de su edad. Hoy son personas que podrían ser sus padres, o sus abuelos…

La gente que vivió la fiebre del rock and roll, el primer público, el de Elvis Presley, de los Beatles, era preadolescente. Los Beatles tocaban para niñas de 12, 13 años. Con 20 años ya eras un viejo viendo a los Beatles. Hoy es impensable que yo vaya a tocar a un boliche o a un programa de televisión, y el público que haya sea de edad. Los ingleses y los americanos de los 60, cuando se les despertó la fiebre por Chuck Berry, tenían 10 años. Ha cambiado eso. Eran pibes de 20, 22 años, tocando para niños de 11, 12, 13, 14 años. Era esa la realidad del rock and roll. Esa barrera hoy ya no existe.

¿Qué te sedujo del rock and roll?

Yo me dedico full time a esto, y por eso mismo que estamos hablando. Cuando tenía 10, 11 años, me picó el bichito de la guitarra, del rock and roll, que en ese entonces era AC DC, Nirvana, y que siguen estando. Nunca perdí ese ímpetu por el instrumento, sigo manteniendo esa fiebre. Me sedujo el sonido de la guitarra.

Pero alguien, en algún momento, te debe haber dicho “buscate un laburo decente”…

Lo que pasa es que la permanencia me dio frutos. Cuando empecé a tocar era una cosa más entre amigos. En esa época, antes de internet, tener una banda todavía era algo que excitaba a todo el mundo. Después vino la onda electrónica a full y lo pasó por arriba. Yo siento que me empecé a comprometer cuando vi que todos mis amigos se iban cayendo de a uno, desarmaban las bandas, dejaban de tocar. Y cuando uno deja de tocar, me dan más ganas de seguir tocando. Para mí es muy importante estar ahí, es lo único que me mantiene cuerdo. Si no tocara no sé qué estaría haciendo ahora. Es como cada uno quiere vivir. Yo decidí tener una banda, y sé que hay un montón de gente que está activa, que no son las masas de la cumbia o de las mega fiestas electrónicas. El rock siempre fue cíclico, y va a volver. Este es un momento de crisis en el Uruguay, y el rock siempre sale en los momentos de crisis. Es inminente su vuelta. Y en este momento me siento muy cómodo aguantando el kiosco del rock and roll. Me encanta hacerlo, no lo hago sufriendo. Estoy encantado porque sé que la gente que va ahí busca algo para el espíritu. El rock and roll siempre tiene algo para dar. Hay un montón de gente que no está para la pavada, se sigue emocionando con el rock. Los Traidores se juntan y hay mil tipos que los van a ver de cabeza. Después, si es masivo o no, es un tema de épocas, de ciclos. Es cierto que hoy, como se viven las cosas, en el vértigo del mundo digital, la gente está menos comprometida.

¿Te gusta hablar de rock o te cansa “explicarte”?

Me encanta. Me gusta analizar por qué pasan las cosas. No por nostalgia, o por quejarme, sino para saber cómo se comportan las cosas, cómo van cambiando las tendencias. Nosotros, por ejemplo, estamos jugados al streaming. Es muy difícil editar un CD, y nosotros apostamos al público más joven, que escucha Spotify, Claro Música, Youtube… Recién editamos un disco en vivo [Totalmente vivo] por Bandcamp, y en breve va a estar en Spotify y Claro Música, y eso a mí me da una libertad tremenda. ¿Por qué proyectar una cosa con el molde viejo si la mayor parte del público perdió la costumbre de comprar discos? A mí me encanta el fetiche, pero no sé si vale la pena, si es redituable. El año pasado sacamos un disco de algodón: a través de un sello que montaron unos amigos [Nuevosdiscos.com], que es una remera, diseñada especialmente para la banda, y que incluye el código de descarga de No hay más tiempo que perder. Y nos fue muy bien con eso. Hubo un montón de gente que quiso apoyar y se compró la remera, se colgó con la idea del disco en algodón, le importó. Se llevaron el disco puesto. Lo hicimos con Fede Graña, Hermanos Láser, Hablan por la Espalda, y la gente respondió bien.

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Decías que hay público para el rock and roll. ¿Es amplio o está guetizado por estilos?

El público está. Segmentado, sí, pero hay un montón de gente. Sé que hay gente para el blues, para el metal, para el reggae-rock. Gente que le gusta el rock un poco más moderno… Lo que me parece es que está faltando es un festival que aglomere todo eso.

¿Dónde te ubicás vos como artista en ese abanico?
No sé. Es medio difícil. Me ubico en todos lados, y en ninguno. Tengo mucha onda con gente de muchos palos, desde el flamenco hasta el indie. Tengo amigos en todos los géneros. Pero la propuesta de la Swing Factory es distinta. Ni mejor ni peor. Con las raíces del rock and roll de la onda Woodstock, la generación del 60, de la psicodelia, de cuando el blues se transformó en algo más heavy. Ahí es donde tenemos las raíces, aunque tenemos un montón de influencias. Nuestro percusionista viene de la onda más roots, candombe. Hemos buceado encantados en ese género.

¿No había prejuicios con el candombe antes de descubrir artistas como Totem o El Kinto?

Yo no lo conocía. No conocía al Kinto, a Totem. Lo que sabía del Negro Rada eran los hits, y después “Dedos”, “Negro”. Y de Mateo tenía “Príncipe azul”, y hasta ahí. Cuando empecé a indagar en eso me encontré con una raíz que recorría el mismo camino de Jimi Hendrix, Santana, con sabores y matices de aquí y de allá. Todo eso tuvo una efervescencia tremenda y hace años que perdí los prejuicios. He tocado con gente tan dispar como Motosierra y Jorge Drexler, y me gusta. Me gusta tocar, me gusta la música, el encuentro, el intercambio. Con el tiempo aprendí a ir por el valor de cada artista, por lo que puede aportar. Qué tan leal me parece lo que hace, si le creo o no. Yo aprendí a tocar la guitarra con temas de Zitarrosa y Atahualpa Yupanki, y de ahí pasé a Nirvana. Para mí la música es una sola. Las influencias de la Swing Factory vienen de una época en que se estaba fusionando todo. Tenemos country, blues, hard rock, balada, candombe psicodélico. Eso lo aprendí de los discos de los Stones, Led Zeppelin, Doors. Lo asocio a dónde me transporta cada canción, en qué ambiente te pone. Después le agregó un arreglo, un sabor.

¿Qué buscás en las canciones?

Creo que ahí está la base de todo. Hay canciones y hay músicas, como le escuché decir una vez a Hugo Fattoruso. Músicas. A veces son canciones de tres minutos, en plan hit o radial, o no. Y después hay músicas que te transportan a ciertos lugares, y no necesariamente tienen una letra muy profunda. O al revés: quizás una canción que tiene uno o dos acordes a lo Dylan puede tener una letra tremenda. Me agarro un poco de aquí y un poco de allá. He compuesto canciones que hablan de la libertad personal, del amor, profundas, y otras que no. Que son dos o tres líneas, y es más lo que aportan al viaje. Es difícil de explicar. Trato de agarrar esos formatos y transmitir algo en el momento. No hago las canciones para que le gusten a la gente. Lo hago para mí. Si la canción después cobra vida, vuela, mejor.

No tenés un público imaginario…

No. Sé que se puede hacer desde ese lugar, y no me asusta, no le escapo, pero no me sale hacerlo así.

Estuviste un tiempo tocando en Estados Unidos…

He tenido varias idas y vueltas. He estado tocando en el circuito de bares. Nunca fui a presentar a la Swing Factory, ni mis discos.

¿Te podría ir mejor yéndote a hacer eso que quedarte acá?

Sí. Estoy seguro. Pero a mí gusta acá. El disco que estamos presentando ahora, No hay más tiempo que perder, es un disco en español. Yo quería, luego de tantos años de estar en la vuelta, tener un disco en español. Más o menos éxito, me da lo mismo. Ya el hecho de salir en la prensa, de tocarlo en vivo, de filmarlo, para mí está bien. Por respeto a la obra. No quería sacar un disco que se quedara perdido y que nadie lo escuchara. Más allá de que lo pasaran o no en la radio, si se vendieran 10 entradas o 500. No me fisura. Pero respeto a mis canciones y al laburo que hemos hecho con la banda en estos años.

¿En algún momento te despertaste y dijste “no hago más esto, estoy cansado”?

Sí, me pasa. Todo el tiempo. Pero estoy en constante excitación con lo que estoy haciendo. Hay momentos de mayor efervescencia y otros de trabajar desde otro lugar. Creo que en Uruguay es muy importante ganarse el respeto de la gente. El público de Uruguay es muy exigente, desde muchos puntos de vista. En Argentina festejan más lo que haya. Ahí subís al escenario y es como tirarle un churrasco a un montón de perros hambrientos. Están buscando algo para divertirse. El público uruguayo es más frío, y más crítico, y eso también está bueno. Lo que quiero dejar acá es mi impronta, con mis discos de rock and roll. Y cuando hablo de mis discos hablo de los discos de la banda, porque estoy acompañado de unos músicos tremendos, que viajan conmigo. Pero no me vuelve loco el éxito. No cambiaría nada de lo que hice. Creo que el éxito va en lo personal, en tratar de hacer buenas canciones y que el trabajo sea respetado. Hasta ahí vengo bien, y estoy tranquilo.

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El día que Dinamita conoció a Jagger

Una cadena de relaciones personales y amistades puso a Dinamita Pereda en la misma habitación que Mick Jagger.

Dinamita conocía al legendario Zorrito Von Quintiero. Después se hizo amigo de Francisco Fattoruso y Matías Rada. Ese cuarteto, por razones que solo el azar o la música podrían explicar, se terminó juntando con Bernard Fowler, el corista de los Stones, un lunes de ese febrero inolvidable. El tipo quería candombe real y eso fue lo que le dieron.

“Quedamos de juntarnos en la casa del Lobo [Núñez]. Era un lunes, y ningún bar iba a tener candombe un lunes. Fuimos a lo del Lobo, zapamos, y al rato, cuando estábamos medio para irnos, llegó Bernard Fowler acompañado de Mick Jagger. Yo sospechaba que podía caer, pero no lo esperaba. Llegó y fue tremendo. Y fue un sponsor para la cultura afro y al candombe. Los Rolling Stones hicieron lo mismo con el blues de Muddy Watters, que en Estados Unidos las mayorías blancas no lo conocían. De esa manera, sin salir a tocar candombe, creo que a nivel mediático fue muy bueno. Mucha gente no sabía quién era el Lobo. La sola presencia de Jagger elevó el cuarto, con una actitud muy humilde, muy agradecido. El Lobo le mostró su taller, le explicó cómo se hacían los tambores, le habló de la diferencia de la cultura afro de acá y de Brasil, los esclavos, su casa. Yo vi todo eso, y para mí, el solo hecho de que eso estuviera pasando, fue tremendo”.