Es posible que el sello Stone haya cohibido a otros intérpretes, que los haya
 
impresionado al punto de hacerlos tomar distancia de ese estilo. Eso no le pasó
 
a Dinamita Pereda, que si bien fue impactado por la banda inglesa, logró
 
sacarle rédito. La Swing Factory, ambicioso nombre para un grupo pero nunca más
 
acertado, es el resultado, y No hay más tiempo que perder un fiel exponente
 
local de este género.
 
“No hay rock en el barrio” son las primeras palabras de este álbum, masticadas
 
sobre acordes pesados que cuentan la rabia de Pereda por la influencia del mass
 
media en las nuevas generaciones y la marginación que el espíritu excesivo y
 
rebelde del rocanrol sufrió. Obligando a sacar la mente de la televisión y
 
volver a la calle, el riff de “Free Lorraine” es una puerta de entrada
 
categórica a un repertorio sucio, endulzado por los coros de Lucía y Josefina
 
Pereda.
 
El disco pega una patada en el pecho con un comienzo arrollador y frenético,
 
pero se suaviza con canciones como “En el infierno”, una balada entrañable, o
 
“Canción solitaria”, para dosificar el swing que sale desde las entrañas y
 
darle lucimiento a composiciones bien elaboradas (inspiradas en típicos temas
 
rockeros como la exaltación constante de la juventud, la vorágine del mundo
 
moderno y el amor físico y espiritual), matizando con country y blues.
 
“Super Groopie”, oda a los preceptos del rock -sexo, frivolidad, pasión e
 
instinto- y quizás la mejor canción del álbum (a título muy personal), redondea
 
el concepto de este disco, que deja para el final dos piezas instrumentales –
 
una muy emotiva como “Ya sé” y otra que derrocha placer como “Uma Stone”- más
 
un bonus, “King of the jungle”, todo en inglés.
 
Las voces femeninas cobraron preponderancia respecto al álbum debut de
 
Dinamita, Rio bravo, lo que terminó de ajustar las clavijas de una banda a la
 
que es posible creerle que viajó en el tiempo para llegar a este milenio a
 
recordarnos lo que es bueno. Si fuera así, la misión está lograda. Pereda
 
trabaja sobre una base rítmica clásica (a cargo de Facu Silva) y le aporta la
 
sapiencia ganada por años de atenta escucha, enriquecida por tantas influencias
 
perceptibles que sería imposible mencionarlas. Y no valdría la pena, pues el
 
sello propio está bien puesto.